La estrella del capitan Chimista
La estrella del capitan Chimista EL FINAL DEL DOCTOR MACKRA
DESPUÉS DE QUE PASÉ aquellos malos días, volví a tomar a mi cargo un barco. Un comerciante andaluz, de Manila, compró un bergantín, al que llamó Hércules. Yo acepté el mando. Doña Matilde y los señores de la reunión me decían:
—¿Pero don Ignacio, cómo tiene usted valor de volver a embarcar, después de que se escapó usted por milagro del último naufragio?
—Amigos míos —les decía yo—, son gajes del oficio. Ya es tarde para entrar de fraile, el oficio nuevo es la ruina del hombre y el buen artillero ha de morir al pie del cañón.
Doña Matilde me dijo que debía buscar otra cosa para vivir. Pero, ¿qué iba a buscar yo? Fuera de ser marino, ¿para qué podía servir?
En el Hércules hice varios viajes a la China y a las Filipinas. En uno de estos últimos viajes fui a Albay con Chimista. Chimista me dijo: «Ya después de este viaje, me retiro. Se va haciendo uno viejo».
En el barco me preguntó si yo tenía algún dinero y si quería que me lo manejara él.
Le dije que sí y le entregué diez mil duros.
Pensé que quizá lo necesitara para sus asuntos; estaba dispuesto a darle todo lo que yo tuviera.
