La intuicion y el estilo

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XVIII

Una intuición, ésta mía, recuerdo de París, que al principio me pareció interesante y luego comprendí que era poca cosa.

En tiempo de la República, Giménez Caballero dio un banquete en su casa a Keyserling. Después de la comida subieron los asistentes a la azotea y llegaron más personas, entre ellos el poeta Rafael Alberti. Alberti, entonces, era un joven más bien flaco, rubio, de veinte o veintitantos años.

Luego no le volví a ver en Madrid.

Unos años después me encontraba yo en París y tenía siempre dificultades con la policía. No me querían dar, como a la mayoría de los españoles, un permiso largo de estancia, con su documentación. No me lo daban más que para un mes, y tenía que ir a Conserjería a cada paso y esperar entre gente mísera y desdichada, lo que constituía para mí un espectáculo deprimente.

Un día, ya al final de la guerra civil española, sin razón apreciable, me dijeron: «Vaya usted a esa sala, al final de este pasillo».

Fui. Allí los reunidos eran también españoles, la mayoría bien vestidos; muchos catalanes y pocas señoras.

El jefe de la oficina me invitó a sentarme en un sillón frente a las ventanas.


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