La nave de los locos
La nave de los locos —Abra usted la maleta.
Don Eugenio, a regañadientes abrió el maletÃn.
—Venga ese paquete —dijo el comisario.
Aviraneta se lo dio.
—Ahora puede usted pasar —añadió el comisario, dándole una palmadita en el hombro a don Eugenio.
Aviraneta, con aire enfadado, cogió su maletÃn y avanzó por el puente, y al llegar a la orilla española se echó a reÃr. HabÃa entregado al comisario francés un paquete de periódicos viejos, cuidadosamente atado y sellado, pero no los documentos del Simancas.
Al llegar a la Behovia española, Aviraneta se detuvo un momento en la taberna de su antiguo amigo Juan Larrumbide (Ganisch); charló un rato con él, le pidió que le proporcionara un carricoche, y en él marchó a Irún, a la fonda de su camarada de la infancia Ramón EcheandÃa.
—Guárdame estos papeles —dijo a su antiguo amigo. EcheandÃa los guardó en su caja de caudales.
Poco después aparecieron en la fonda de EcheandÃa don Domingo Orbegozo, y más tarde, don Prudencio NenÃn, acompañado del caballero de Montgaillard.
NenÃn y Montgaillard, en unión del comisario francés, habÃan examinado, llenos de curiosidad, los papeles cogidos por el comisario a Aviraneta, y se encontraron chasqueados al ver el paquete formado únicamente por periódicos viejos.