La nave de los locos

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III

PAPÁ LACOUR

AL día siguiente, Alvarito, tirando mal que bien de su cuerpo, Manón y Ollarra salieron de Echarri-Aranaz por el túnel de Lizárraga y comenzaron a acercarse a los pueblos del valle de Yerri. Cruzaron varias veces una antigua calzada romana, sin comprender qué podrían ser aquellos trozos de caminos abandonados.

En todas las aldeas del paso, y a medida que avanzaban hacia Estella, la miseria producida por la guerra iba acentuándose. Había lugares quemados y saqueados repetidas veces por carlistas y liberales.

Era un peligro entrar dentro de las casas; estaban plagadas de chinches, pulgas y piojos; la tiña y la sarna, cuando no la viruela y el tifus, abundaban por allí que era una bendición de Dios.

Siguieron por el camino que serpenteaba por las estribaciones de la sierra de Andía y cruzaron varias posiciones ocupadas por fuerzas carlistas, entre las cuales figuraban cuerpos extranjeros, de alemanes, ingleses, franceses, austriacos y polacos.

En las proximidades de Lezaun se encontraron con tropas del requeté. Preguntaron a unos soldados harapientos por el oficial francés René Lacour.

—Sí, hombre, sí —contestó uno—. ¡Lacour! ¿Quién no le conoce? Aquí le llaman papá Lacour. ¿Es vuestro padre?

—No.


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