La nave de los locos
La nave de los locos PAPÁ LACOUR
AL día siguiente, Alvarito, tirando mal que bien de su cuerpo, Manón y Ollarra salieron de Echarri-Aranaz por el túnel de Lizárraga y comenzaron a acercarse a los pueblos del valle de Yerri. Cruzaron varias veces una antigua calzada romana, sin comprender qué podrían ser aquellos trozos de caminos abandonados.
En todas las aldeas del paso, y a medida que avanzaban hacia Estella, la miseria producida por la guerra iba acentuándose. Había lugares quemados y saqueados repetidas veces por carlistas y liberales.
Era un peligro entrar dentro de las casas; estaban plagadas de chinches, pulgas y piojos; la tiña y la sarna, cuando no la viruela y el tifus, abundaban por allí que era una bendición de Dios.
Siguieron por el camino que serpenteaba por las estribaciones de la sierra de Andía y cruzaron varias posiciones ocupadas por fuerzas carlistas, entre las cuales figuraban cuerpos extranjeros, de alemanes, ingleses, franceses, austriacos y polacos.
En las proximidades de Lezaun se encontraron con tropas del requeté. Preguntaron a unos soldados harapientos por el oficial francés René Lacour.
—Sí, hombre, sí —contestó uno—. ¡Lacour! ¿Quién no le conoce? Aquí le llaman papá Lacour. ¿Es vuestro padre?
—No.