La nave de los locos
La nave de los locos LOS EXTRANJEROS
LA sociedad de papá Lacour y su mujer era bastante mixta y turbulenta. Solían ir a su casa con frecuencia varios oficiales extranjeros a hablar, a beber una copa y a jugar a las cartas.
En Abárzuza y en las proximidades de Estella había por entonces, al mismo tiempo que compañías del Requeté, gentes extranjeras, austriacos, franceses, alemanes y polacos.
Más que legiones extranjeras, como los liberales, los carlistas tenían cuerpos de soldados de diversos países en sus batallones; de ahí que se reuniera en el Norte una extraña mezcolanza de tipos de todas partes.
La mayoría de los soldados de otros países, principalmente los oficiales y sargentos, iban acompañados de mujeres, que les seguían. La suerte de estas no era siempre muy buena: algunas se vieron obligadas a pasar del campamento liberal al carlista, y viceversa; otras, consideradas como botín de guerra, fueron adjudicadas al mejor postor.
Entre los amigos del capitán Lacour había uno, un teniente inglés, procedente del cuerpo liberal de Lacy-Evans, hombre amable, hecho prisionero en la batalla de Oriamendi; otro era un polaco muy mentiroso, y el tercero, un sargento francés, a quien llamaban Gamelle, especialista en cazar gatos, guisarlos y comerlos.