La nave de los locos

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VII

PRISIONEROS

A los dos días se organizó el convoy para marchar a Pamplona. Se hizo todo con espantosa confusión. Nadie sabía su cometido, ni por dónde ir, y las órdenes contradictorias se repetían.

Los dos oficiales, el capitán Centurión y el teniente Robles, dispusieron que Manón marchase en un carro con dos Hermanas de la Caridad. Podía viajar así bastante cómodamente. Manón pretendió que Álvaro subiera también al carro, pero no se lo permitieron.

Se formó una gran fila de carretas: prisioneros, ganados, caballos, y se puso el convoy pesadamente en movimiento. Manón intimó con las monjas, una valenciana y otra malagueña; se ganó sus simpatías y consiguió que Álvaro pudiese descansar de la caminata, sentándose a veces en el carro.

Como, al parecer, entre Ciriza, Echauri e Ibero aparecían grandes núcleos carlistas, decidieron los cristinos llevar los heridos y prisioneros a Pamplona por Puente la Reina, retrocediendo algo en el camino.

Alvarito tuvo que caminar a pie en un grupo de carlistas, vigilado por soldados. Con la recomendación de los oficiales, le permitían acercarse al carro de Manón.

—¿Vas bien? ¿Tienes calor? ¿Tienes sed? —preguntaba. Manón contestaba:

—Todo va perfectamente. Siéntate un poco.


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