La nave de los locos
La nave de los locos El viejo escuchó atentamente. No se oÃa nada.
—Tengo alucinaciones —exclamó con tristeza—. ¡Qué le vamos a hacer! Ya no me queda más que un resto de vida, que es como un harapo sucio y roto. ¡Hem! ¡Hem! Si aún tuviera fuerza, saldrÃa, con el saco al hombro, a gritar: «Atera! Atera!» por las calles, y alguno al verme dirÃa: «Ese trapero tiene una nieta que es una princesa»; pero no tengo fuerza, soy tan viejo y tan estropeado como estas antiguallas que me rodean, y a mà me tendrán que echar el primero al cesto de la basura. ¡Hem! ¡Hem!
En todos sus soliloquios, que repetÃa con frecuencia, el viejo Chipiteguy se mostraba siempre asÃ, misántropo, hipocondrÃaco, más anticlerical y más antimonárquico que nunca.