La nave de los locos
La nave de los locos LAS PREOCUPACIONES DE CHIPITEGUY
EL viejo Chipiteguy iba sintiendo remordimientos de no haber tenido en cuenta el entusiasmo de Alvarito por su nieta, y quería sincerarse con él, repetirle que con Manón hubiera sido desgraciado, porque era ingrata, voluble y olvidadiza.
Álvaro, la mayoría de las veces, no contestaba, pensando en sí mismo y en su vida aniquilada. Comprendía que no había esperanza para él. Quizá hombres de naturaleza más exuberante podían poseer almas más propicias para el entusiasmo amoroso y después de uno vivir con otro; pero él comprendía que toda su fuerza espiritual, toda su capacidad de ilusión, la había puesto en la nieta de Chipiteguy y que ya no volvería a sentir otro entusiasmo parecido.
¿Qué iba a hacer él ya en la vida? No tenía esperanza alguna. Ya no podía aspirar más que a la tranquilidad, al reposo, a vivir sin angustia.
La melancolía ahogaba el resentimiento en Alvarito, la tristeza le impedía tener rencor; no así en el viejo, que, uniendo odio y cariño por Manón, insistentemente se mortificaba y ensanchaba su herida; deseaba hablar de su nieta, tan pronto bien y tan pronto mal.
Cuando Chipiteguy no hablaba de Manón volvía a sus manías, que por momentos iban aumentando.
Decía a cada paso que la gente sospechosa rondaba la casa del Reducto.