La nave de los locos

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III

EL OFICIO DE SALUDADOR[82]

EL guerrillero, con un sentido práctico de manchego cuco, al salir del hospital, casi ciego, y no pudiedo practicar ningún oficio, se echó al camino a tocar la guitarra, y luego se hizo saludador. Tenía varios ensalmos para sanar las vacas y el ganado. A las personas las curaba con agua; pero él no daba ni el agua siquiera, porque sabía que dando el agua los médicos podían denunciarle.

El saludador no creía absolutamente nada de sus prácticas misteriosas; pero consideraba que así como de guerrillero robó lo posible, como saludador debía engañar a toda persona cándida para creer en sus embustes.

Aquel hombre no sentía la tendencia natural y espontánea del campesino de dar a las cosas una explicación sobrenatural y mística. El ex guerrillero consideraba todo en la vida natural, justificado y determinado, y si engañaba a los demás, lo hacía a sabiendas.

—¿Pero usted cree que puede curar con sus oraciones? —le preguntó Alvarito.

—La fe es la que salva —contestó aquel hombre que no creía en nada.

—¿Y cómo ha comprendido usted su virtud de saludador? —le volvió a preguntar Alvarito.

—Porque me lo han dicho.

—¿Y en qué lo han conocido[83]?.


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