La nave de los locos
La nave de los locos —Es la religión —replicó Alvarito—; no se va a hablar en las ermitas de bailes o de fiestas.
Siguieron los dos muchachos su camino por una senda hundida. Caía la tarde, el cielo azul iba llenándose de nubes rojas y se oía una campana melancólica en el aire. Enfrente, la peña de Aya se destacaba a lo lejos, dentellada, en el horizonte en llamas del crepúsculo. A Alvarito le parecía aquello la gloria de un altar mayor con los ángeles en el cielo incendiado.
—Es triste España —murmuró Manón.
—¡Pero si apenas hemos entrado en ella! —replicó Álvaro.
Pasaron por una encrucijada con grandes árboles, en donde habían hecho su campamento unos gitanos, que en aquella hora vivaqueaban y encendían fuego. Alrededor de las llamas correteaban chiquillos medio desnudos; dos borricos pardos pacían la hierba tristemente.
Iban Alvarito y Manón acercándose al pueblo un poco deprimidos por el anochecer espléndido. La campaña seguía tocando en aquel aire de cristal inmóvil del crepúsculo.
—¿Por qué no hablas? —preguntó Manón a Álvaro.
—¿Qué te puedo decir? —murmuró él melancólicamente.
—Lo que piensas.
—Si te dijera lo que pienso no te gustaría.