La nave de los locos
La nave de los locos Esos lazos naturales de padres e hijos, maridos y mujeres, hermanos y hermanas le parecían debilidades y necedades. También debía considerar como cosa ridícula el sentir amor por la tierra. Oyéndole, parecía que lo natural en el hombre era odiar al prójimo cordialmente.
—Yo no soy ni español ni francés —decía—. De donde se viva mejor —añadía, riendo, con cierta cólera, y traducía su frase unas veces al francés y otras al castellano.
—¿Tú no saber leer? —le preguntó Álvaro.
—Yo, no; ¿para qué? Eso no sirve para nada.
—¿Cómo que no sirve?
—Yo, al menos, no he tenido nunca necesidad de leer.
—¿Así, que no has aprendido nada?
Ollarra se encogió de hombros con desprecio.
—¿No sabes la doctrina?
—¿Qué es la doctrina? ¿Ese libro pequeño que llevan los chicos a la escuela?
—Sí. ¿No te la han enseñado?
—No. ¿Eso para qué sirve?
—Enseña a amar a Dios y al prójimo.
—¡Bah! Esas son tonterías —masculló Ollarra con cólera, azotando con el látigo al caballo.