La nave de los locos
La nave de los locos Distinguía muy bien los pájaros en el aire, por la manera de volar, y conocía los huevos encontrados entre las matas y sabía a qué ave pertenecían. Con la colaboración de Chorua, hasta marchando por el camino en el carrichoche hallaba ocasión de cazar o de coger algo.
Ollarra compendiaba en su cabeza una serie de ideas falsas sobre las costumbres y los instintos de los animales, una historia natural fantástica.
La geografía suya era también reducida hasta lo absurdo. En el mundo había, principalmente, vascos, para él los hombres normales; gascones, tipos ridículos, capaces de comer hierbas del campo en ensalada; luego españoles, que casi todos eran curas o soldados; franceses tripudos, con bigotes amarillos, e ingleses, que todos eran serios; luego había América, una tierra rica que se disputaban ingleses, franceses y españoles.
Ollarra era de una independencia salvaje. Al oírle daba la impresión de que se había propuesto llevar la contraria a todo el mundo; lo que a la mayoría parecían virtudes, a él se le antojaban defectos.
—Es un cochino —decía de alguno—; no hace más que trabajar a todas horas.
De otro indicaba:
—No sé qué le encuentra a su padre para tenerle ese cariño.