La ruta del aventurero
La ruta del aventurero —Háblela usted —murmuró el Capitán.
—Cuando venga.
—Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.
—¿Estás ah� —preguntó Urbina con voz ahogada.
—Aquà estoy.
—Pregúntele usted si no la observan.
—¿Hay alguna monja en el huerto?
—Ahora sÃ. Espera un instante.
Esperaron unos minutos.
—Ya no hay nadie. ¿Abro?
—SÃ.
La Clavariesa descorrió el cerrojo y empujó la puerta, cuyos viejos y enmohecidos goznes chirriaron, y la muchacha pasó al cementerio. La Clavariesa dio la mano a Urbina, que no se atrevió a besarla.
El Capitán sujetó la puerta con una tranca.
—¡Adelante! —dijo—. Ya sabe usted el camino. La Clavariesa y Urbina salieron del cementerio.
El Capitán miró por el resquicio de la puerta. No aparecÃa nadie en el jardÃn del convento. Cerciorado de la tranquilidad que habÃa, corrió por el cementerio, se deslizó a gatas por el talud y entró en la cala del Infern.
—La Sociedad de Raptos y Empresas Peligrosas Reunidas es una sociedad prudente —dijo en voz alta—, y el dinero de los asegurados se halla en buenas manos.