La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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Cuando la estrechez era grande íbamos a ver a Will Tick; pero este nos ofrecía ya descaradamente trabajos peligrosos de falsificación, lo que nos alarmaba.

Los amigos de Percy y los míos, alegres camaradas, vivían de una manera parecida a la nuestra, dispuestos a gozar, a sacarle jugo a la existencia.

Uno de ellos, para mí el más querido, a quien había conocido en el colegio, era Tomás Burton, joven disipado y de familia acomodada, de la escuela de lord Byron, que encontraba todo muy negro en la vida.

Burton se envenenaba con opio y leía libros de astronomía, de los cuales sacaba argumentos para deducir la mezquindad y la miseria de la vida humana.

—Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia, es arruinarla —decía—, y después suprimirme yo. El dinero nos ha hecho desdichados.

Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas, Joe Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba, según decía, un gran baúl lleno de obras maestras, diez o doce poemas que hubiera firmado Milton, y un centenar de tragedias y comedias bastante más sugestivas y profundas que las de Shakespeare.

A pesar de esta premisa, él pensaba que se podía afirmarla con la seguridad de un axioma matemático, no había editor ni empresario para sus obras. ¡Tal era la estupidez y el mal gusto de la orgullosa Inglaterra!


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