La ruta del aventurero

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XI

EN MEMORIA DE BURTON

EL paquebote había entrado en Burdeos. El día, de mayo, estaba espléndido; el sol, brillante. Hacía un ligero vientecillo del norte. Como no llevaba equipaje salí inmediatamente del barco, fui a la terraza de un café y estuve contemplando la gente que pasaba y el movimiento del puerto. Sentí cierta soñolencia y hubo un momento en que cerré los ojos y estuve desvariando. Creí encontrarme entre mis amigos de Londres y que interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y sonriendo.

J.H. Thompson pone aquí el discurso que dirigió a la sombra de su amigo, que aunque no viene muy a cuento lo insertamos:

—¡Qué error el de suprimirse así del mundo de los vivos! —le dice a su amigo—. ¡Qué error, querido Burton. Habiendo este sol y este aire puro, y este cielo azul, surcado por nubes blancas, y estas gentes que van y vienen, y estas extrañas apariencias de la Cosa en sí! ¡Qué error, amigo Burton, el suprimirse!

Oh, no; yo no te diré que estos hombres valgan la pena de ser hablados, ni que estas mujeres sean Ofelias románticas y puras, no. Es posible que la mayoría de todos ellos sean ganado vacuno, o quizá de cerda; pero ¡qué cielo!, ¡qué luz! ¡Cómo se siente la sangre que circula por las venas!

¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!


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