La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Era ciudad provinciana y cosmopolita, campesina y pescadora. En ella el ser más humilde, el pescador más mísero, llevaba en el cerebro, por la misma limitación del mar interior, una idea del mundo. Allí cerca estaba el África, con sus misterios; más lejos, Grecia, Roma, Egipto, con sus ciudades opulentas de cielo incomparable y de suelo fecundo…
El habitante oscuro del Atlántico mira el mar como un final ilimitado; el habitante oscuro del Mediterráneo mira el mar como un camino.
De ahí quizá su superioridad colectiva, su sentido social.
Para un hombre llegado de las costas del Atlántico, las orillas del mare nostrum guardan siempre una sorpresa, que a veces toma aspecto de lección. En estas aguas azules del mar latino, que cantan eternamente en las costas, el hombre vive una vida ligera y elástica; allá, a veces, parece superficial lo que en otras partes parece profundo; allá la marea no amenaza constantemente al hombre como en el Océano, y la vida humana se desarrolla en el contacto plácido de la tierra con el mar; de la tierra, que es la patria y la ciudad; del mar, que por el remo o por la vela se convierte en el camino del mundo…