La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Me sugestionaron los relatos de aquella dama y prometí seguir la aventura.
Al día siguiente, al mediodía, me presenté en el castillo y llamé tirando de la cadena.
Salió a abrir un portero viejo, con una gran librea; le di mi tarjeta, y esperé.
Poco después se abrió la verja, y el criado me dijo que pasara.
Comencé a marchar por una avenida enarenada. Al final de esta se veía un edificio grande, pesado, de piedra con varias torres de pizarra adornadas con veletas.
A un lado y a otro había árboles centenarios, altísimos, y delante de la fachada del castillo, un estanque oval, de agua profunda y oscura, a cuyo alrededor las hojas caídas en muchos años formaban como un marco de plata.
Este estanque parecía un espejo negro que reflejase el cielo a través del follaje de los árboles. Bordeando el estanque nos acercamos al castillo, y entramos en un gran zaguán, que parecía una cripta, con el suelo, las paredes y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera, pasamos un salón grande como un museo y fuimos a un gabinete elegante, pero también triste, en donde había dos viejos momificados sentados el uno frente al otro, la señora y la señorita del coche y madama Sarrazin, una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo blanco.