La ruta del aventurero

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II

EL CASTILLO

EL castillo era un peñón árido que se destacaba de la sierra y avanzaba hundiendo en el mar sus acantilados rojos y amarillentos.

Contemplado a lo lejos apenas se advertía en él más que alguno que otro lienzo de muralla de color de ceniza, la torre de señales y las baterías altas de su cumbre.

Desde el puerto aparecía imponente con sus paredones grandes de piedra, dorados por el sol; sus torres, sus baterías, sus fortines, sus garitas verdinegras, los traveses, que iban trazando zigzag por los glacis, y los viejos cañones, que miraban al mar.

La tierra, rojiza, de entre muralla y muralla tenía rincones con almendros y melocotoneros, que en primavera resplandecían como ramos de nieve y de rosa, y taludes con viñas y hierbas salvajes esmaltadas de flores amarillas y azules.

Subiendo al castillo, y entrando en su recinto se veía que era ya una ruina, un amontonamiento confuso de murallas viejas, griegas, romanas, visigodas, árabes y alguna que otra moderna.

Los militares consideraban la restauración de la fortaleza casi inútil, y el Gobierno no tenía, al parecer, intenciones de artillarla.


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