La ruta del aventurero
La ruta del aventurero MARY LA DE BIRIATU
EN la fonda de Bayona me dijeron que podía ir a San Juan de Luz a caballo en un cacolet. No sabía lo que era esto, que resultó un artefacto que en castellano llaman jamugas.
Llegué a San Juan de Luz en mi cacolet; dejé el morralillo en un fonducho de la salida del pueblo y fui a estirarme las piernas hacia la playa.
Me sorprendió un chubasco y entré en un café pequeño y me senté delante de una ventana con cristales, y estuve contemplando cómo chocaban las gotas de agua en la tierra, y las nubes que corrían por el cielo.
Al terminar el chaparrón volví al fonducho de la salida del pueblo e hice mis preparativos para entrar al día siguiente en España.
Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa cuando entró una muchacha a preguntarme si quería cenar. Al verla, me pareció que el cuarto se iluminaba; tan bonita era.
—¿Usted me va a servir la cena? —le dije.
—Sí.
—No creí poder ser tan feliz.
Ella se rio. Yo la contemplé embobado. Tenía unos ojos claros azul verdosos, una boca burlona y un cuerpo ligero y fuerte al mismo tiempo. Era un fruto del Norte dorado por el sol del mediodía.
