La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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—Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos —dijo la ventera, cantando al hablar.

—Bueno, un cordero. ¿Qué más?

—Ya tenemos también buenas truchas.

—¿Truchas? No está mal. ¿Qué más?

—Pollos también ya tenemos.

—¿Pollos? Bueno. ¿Qué más?

—Jamón bueno ya pondremos.

Así siguió la ventera explicando las provisiones que tenía, siempre empleando esta fórmula de ya tenemos o ya pondremos. Este ya, de aire germánico, me chocaba verlo empleado a todo pasto.

Después de consultarse con la mirada Bidarráin, Erláiz y el sargento de nacionales, decidieron, de común acuerdo, que pusieran todo lo que hubiese para no engañarse.

Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos dijeron que la mesa estaba puesta.

Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre piriforme, se le encandilaron los ojos, y frotándose las manos de gusto exclamó:

—¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me gusta. Puen cordero, puenas truchas, puen pollo y puen vino. ¡A comer! ¡A comer!


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