La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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El arriero fue soltando sus animales, llamándolos uno a uno y llevándolos a la cuadra. La Morena, la Montesina, la Capitana, la Coronela, la Bonita, el Vigilante y la Leona fueron despacio al pesebre, donde primero se les dio de beber.

El posadero me preguntó:

—¿No va usted a Pamplona?

—Sí.

—Pues si quiere usted, puede ir con este arriero.

—¿No hay inconveniente?…

—Ninguno.

El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre de unos treinta y cinco a cuarenta años, rubio, con unos ojos que parecían de cristal azul.

Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la mañana siguiente; le dije que tendría mucho gusto en marchar en su compañía, y le convidé a un vaso de vino. Quedamos de acuerdo; yo me fui a acostar, y al amanecer me llamaron.

La mañana estaba fresca; había una niebla espesa que prometía un día de calor. Mandashay sacó sus mulas y echamos a andar camino de Almándoz.

—Cuando se canse usted puede tenderse en la galera —me dijo Mandashay.

—No, no me canso tan fácilmente.


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