La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades levíticas; tenía la adoración por el aristócrata, por el cura, por el Don Juan provinciano; hablaba con ternura de los mozos calaveras alborotadores, que iban a los toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse con aire hipócrita y santurrón al confesonario del cura que pasaba por más severo, que generalmente era el penitenciario de la catedral.
Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí que se podría bromear con las costumbres del pueblo, e hice algunos chistes acerca de ese cartel que se pone en ciertos días en las iglesias de España: «Hoy se sacan ánimas del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona las bromas de este género tenían sus peligros.
Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron y hasta me siguieron un domingo para ver si iba a misa. En vista de que no frecuentaba la iglesia, doña Saturnina me interpeló con valor:
—Dígame usted, ¿usted no es católico? —me dijo.
—No, señora —le contesté.
—¿Pues qué es usted? ¿Protestante?
—Sí; soy de una clase de secta que se llama de los agnósticos, que supone que no se sabe nada de nada.
—¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?