La ruta del aventurero
La ruta del aventurero El Gobierno constitucional, en esto había defraudado al buen pueblo, primero suprimiendo el título de virrey de Navarra, cosa que a los pamploneses sonaba agradablemente al oído, y sustituyéndole por el de Capitán general; después, enviando militares inficionados con el virus del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático y absolutista, y el obispo movía todos los resortes de la mecánica pamplonesa. El obispo entraba de lleno en el primer tramo de la vida ciudadana. El deán y los canónigos distinguidos se distribuían en el segundo y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase media formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada en su muralla, era para el pamplonés un microcosmos. A mí, que llevaba todavía el humo de Londres en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido, apegado a unas cuantas rutinas y a unos cuantos lugares comunes.
A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado aquel sistema de categorías y de subordinaciones. Realmente, el catolicismo ha resuelto la vida a su modo, disciplinándola y encerrándola en estrechas casillas; esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes el carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres como el español, que viven en la estrechez y en la incuria, se crean rodeados de placeres sardanapálicos.