La ruta del aventurero
La ruta del aventurero CONSPIRACIONES
NO me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en Pamplona, ni estaba enterado de sus cuestiones políticas, cuando el Capitán Iriarte y un francés emigrado por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me llevaron un día a una velada masónica que se daba en el billar de un café.
Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en Madrid el 7 de julio.
Mientras esperábamos que comenzase la reunión, Pontecoulant, que tenía bonita voz, cantó La Marsellesa, y después, la canción de Los Girondinos, con mucho fuego y gran énfasis:
Par la voix du canon d’alarmes
la France appelle ses enfants.
Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos.
Cuando se reunieron los masones, que casi todos eran militares, se comenzó a hablar de la conspiración realista que se había tramado en Navarra y tenía su centro en Pamplona. Yo entonces me enteré de los manejos de los absolutistas.
Los primeros conspiradores de Navarra habían sido el cura de Barasoain; el canónigo Lacarra; un tal Uriz, de un pueblo llamado Sada, y los militares Eraso, Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón de Cegama.
