La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice notar al posadero y este me dijo, riendo, que a aquellos navarricos no los bautizaban con agua, sino con vino.

Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso y desafiador y siente deseos de golpear o de herir.

En este pueblo, donde me detuve, me contaba un mozo con satisfacción que todos los sábados había allí trabucazos. No se podían tener faroles en las calles porque al día siguiente estaban hechos añicos.

Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo, que en su pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas y que había habido un cura que tenía que ir a decir misa con el trabuco debajo del manteo, porque si no se burlaban de él. Esto me entristeció.

—En el fondo, la gente no tiene la culpa —dije—. Es la geografía con convivencia con las instituciones la que produce tales efectos.

Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris, abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco más lejano de la cultura de Europa.

Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me producía serios conflictos, y yo, como Pedro; tenía que negarle más de tres veces.


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