La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí hacia la catedral. Me reconcilié con el pueblo.

A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo, eran hermosas: algunas, verdaderos palacios con grandes puertas, balcones espaciados y una galería alta con arcadas en el segundo piso. Empotrados en las paredes ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca, y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los primores del Renacimiento incrustadas en el ladrillo.

Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me expliqué que en España la gente de inclinaciones estéticas no sea muy entusiasta del progreso; lo viejo tiene aquí su hermosura y su nobleza; en cambio, lo nuevo es de una mezquindad que asombra por su sentido de economía, por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo rato por Tudela, al amanecer, ¡qué nombres los de las calles!, calle de la Vida, calle de la Muerte, calle del Juicio…; luego las calles de los oficios: de las Chapinerías, de las Herrerías, de los Caldereros…

Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo los labradores para sus faenas; luego comenzaron a pasar mujeres, muchachitas y viejas con su mantilla, camino de la iglesia, y empezó a tocar una campana.


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