La ruta del aventurero
La ruta del aventurero EL SANTERO
EL saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta Agreda y fui con él en el carro de un ordinario. En Cintruénigo se nos reunieron un santero y un muchacho vizcaíno que iba a Madrid a buscar una conveniensia, como decía él.
El santero era un hombre flaco y denegrido, con los ojos muy brillantes y el pelo rizado. Parecía un cuervo; llevaba una sotana raída, unas polainas y un sombrero ancho colocado encima de un pañuelo negro que le apretaba la cabeza.
El vizcaíno era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa, ojos abultados y expresión parada. Se llamaba Belausteguigoitia, y tenía un segundo apellido más largo que este.
Belausteguigoitia creía que los Belausteguigoitias eran la flor de su pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor de España, y España la flor del mundo. Los Belausteguigoitias eran las delicias del género humano, y se podía considerar como un verdadero honor el que este exquisito molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo más Belausteguigoitias y esparciéndolos por el mundo, para ejemplo de los demás y gloria suya.
La sociedad entera debía estar interesada en el acrecentamiento y en la propagación de los Belausteguigoitias y de sus narices.
