La ruta del aventurero
La ruta del aventurero El santero tenía que ir a Barahona a cobrar una parte de herencia. Nos invitó a ir con él, y fuimos el vizcaíno y yo. Yo estuve a ver, de lejos, el campo de las Brujas y un pueblo en ruinas que se llama Los Hoyos, en donde no quedaba más que una casa en pie y al lado una horca.
Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo con el santero, y no sé por qué me dio a mí la ocurrencia de decir que no era católico.
—¿No es usted católico?
—No.
—Tenemos un hereje en casa —murmuró el cura, dirigiéndose al ama.
A la mujer le entró un temblor tal, que creí se le iban a caer los platos de la mano. No hacía más que mirarme con gran curiosidad, para ver, sin duda, si se me veían los cuernos.
Interrumpí la cena con un pretexto, y me marché a la posada, y por la noche vinieron el alcalde y el alguacil a buscarme. Estuvo el alcalde vacilando en prenderme; pero se decidió por mandarme salir del pueblo a la mañana siguiente.
Desde entonces no volví a decir, ni en broma, que era protestante.
Seguimos el vizcaíno de la conveniensia y yo, a pie, nuestra marcha por Paredes y la Venta de Río Frío a entrar en Castilla la Nueva.