La ruta del aventurero

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IV

DE SEVILLA A LA CÁRCEL DE SANLÚCAR

LLEGUÉ a Sevilla con bastante dinero para esperar un mes. Era ya verano; hacía un calor respetable. Acudí a la logia masónica, donde trabé algunos conocimientos, y estuve en casa de un banquero representante de Beltrán de Lis, el cual me dijo que en seguida que recibiera el aviso de los filohelenos de Londres me pagaría.

Este banquero me presentó a varias personas, entre ellas a una inglesa viuda, la señora Landon, y a su sobrina Mercedes.

El tiempo que estuve en Sevilla lo pasé bien. A pesar de las trifulcas políticas, la vida era allí alegre. Se bailaba en todas partes; y yo, siguiendo el ejemplo de otros señores, fui a una academia de baile que dirigía un hidalgo apellidado Álvarez de Acuña. Álvarez de Acuña era una de las personas más serias de la Península. Pocos hombres ponen tan buena fe en su sacerdocio. Él daba a la ciencia del baile todo lo necesario, y cada pirueta suya tenía la estabilidad de un axioma y la trascendencia de un dogma.

Álvarez de Acuña era un hombrecito pequeño y canoso, con una cara tan movible que parecía de goma. Exageraba la gesticulación de tal modo, que yo me figuraba si haría gimnasia con la cara. Vestía con una pulcritud excesiva y tenía la costumbre de taparse la boca con la mano derecha, como considerando cínico el mostrar una mella de su dentadura.


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