La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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Salí en compañía del sargento; tomamos de nuevo el calesín y bajamos delante de la cárcel, en una plaza cuadrada. El sargento dio dos aldabonazos, abrió un soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un corredor hasta otra puerta. Se volvió a llamar: se descorrieron varios cerrojos; giró un postigo, y un hombre viejo y seco, con una gorrilla en la cabeza, me hizo pasar a una cuadra grande, donde había unos cien hombres; unos sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando.

Saludé a derecha e izquierda, sonriendo amablemente, y me retiré a un rincón.

—Es un francés —decían unos.

—No; es un inglés.

En esto dos hombres ennegrecidos y mal encarados se abalanzaron a mí, y cogiéndome uno de ellos de la barbilla me dijo:

—Oiga uzté, inglé. Ya zabe la obligación de loz novatoz.

—No sé nada. ¿Qué obligación es?

—Apoquine uzté aquí la mitá del dinero que yeva y haga cuenta que noz ha entendío.

—¿Yo? ¡Ca! —exclamé.

—Vamoz, cabayero, zuerte uzté el dinero —dijo el otro con sorna—, que en nuestraz manoz eztará máz zeguro, porque aquí hay mucha gente perdía y ze lo podrían robar.


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