La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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Entré en el salón, y fui muy bien acogido por aquellos señores liberales presos. El señor Pepe, el alcaide, me alquiló dos colchones y una almohada, y buscando sitio para hacer mi nido encontré una pequeña tribuna vacante, donde me instalé.

Poco después del mediodía, los presos se disponían a comer en las mesas, formando grupos.

Como yo no pertenecía a ninguno de ellos, me senté por separado en un banco y me preparé a comer un poco de pescado frito y pan, que me vendió el alcaide por seis reales.

Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese con ellos; les di las gracias, diciendo que no tenía ganas; pero dos señores se levantaron, me agarraron, me pusieron de pie y me obligaron a sentarme a su lado.

Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos me dieron broma por mi falta de apetito.

—Un muchacho como este, como un castillo, y además inglés —decía un viejo—, se traga todo lo que le pongan.

Después de comer y de tomar café se quitaron las mesas, y unos se pusieron a fumar sentados en las sillas, y otros a pasear por la antigua iglesia, como si estuvieran en una plazoleta. Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes; luego un señor se subió a una silla y echó un discurso muy retórico que fue estrepitosamente aplaudido.


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