La ruta del aventurero
La ruta del aventurero —Este es el lazareto de Ondara —dijo el sargento—. Aquà van ustedes a pasar la cuarentena de observación. Bajen ustedes los equipajes.
El enfermo se sentó tristemente en una de las escaleras de la casa abandonada, mientras los otros dos y el campesino descargaban la caballerÃa.
Hecho esto, el sargento dijo como despedida:
—No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad bajo pena de muerte. Por la mañana y por la noche se les traerá pan y rancho, que se les dejará en la puerta. Ya lo saben. ¡Adiós!
El campesino tomó el ronzal de su macho, cogió el dinero que le dio el hombre rubio, lo contó y comenzó a alejarse despacio por la playa.
Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el enfermo, envuelto en una manta, miraba el mar, los otros dos entraban en la casa solitaria.
Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado y sucio: una nave como una sala de hospital con una cocina pequeña en el fondo.
—Puesto que aquà tenemos que estar algunos dÃas, vamos a ver si limpiamos esto —dijo el hombre alto.
—Vamos allá —repuso el pequeño.