La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un ovillo con la punta de la cuerda y la tiré al otro lado de la tapia hacia el jardÃn.
—Ahora ¿qué hacemos? —preguntó la Tránsito.
—¿Usted tiene sitio adónde ir?
—SÃ.
—Pues entonces cada cual por su lado.
La estreché la mano y me separé de ella. La noche estaba oscura; no habÃa un alma por aquellas inmediaciones.
Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se me acercó una mujer de pobre aspecto. Era la señora Landon.
—SÃgame usted —me dijo.
La seguÃ; en las calles céntricas se sentÃa el gran barullo; habÃa comparsas de guitarras y panderetas y gente que cantaba canciones alusivas a la entrada del rey. Los curas y frailes pasaban seguidos del populacho, hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de desharrapados.
Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a la Constitución, a los herejes y a los negros.