La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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—Esto habrá contribuido a la antipatía general.

—Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que todas las superioridades se pagan. La finura, la gracia, la amabilidad desarman y domestican un momento a las gentes cerriles; pero es una domesticación pasajera, porque el bruto vuelve pronto a ser agresivo.

—¿Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella?

—Usted habrá notado lo mismo que yo lo que hay.

—¿Qué le parece a usted Eguaguirre? A mí me da la impresión de un egoísta frenético.

—Sí; es un gran egoísta; pero, al mismo tiempo, hombre tímido, violeta y sensible. No tiene freno; el menor contratiempo le amilana y le sume en una desesperación sombría.

—Pues, si Kitty está enamorada de él, como parece —dijo Thompson—, Eguaguirre la hará desgraciada.

—Sí; por petulancia, por estupidez, por darse tono.

Urbina contó a Thompson la causa de haber reñido con Eguaguirre. Urbina había comenzado a galantear a una muchacha del pueblo, huérfana, de una familia rica, a quien llamaban Dolores y también la Clavariesa, y Eguaguirre se interpuso haciendo el amor a la muchacha y entrando en su casa.


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