La ruta del aventurero
La ruta del aventurero —Esto es lo primero que hay que resolver —dijo el Capitán—; luego, ya veremos si a Urbina, al ver a su novia, se le ocurre una inspiración genial que haga gran efecto en el corazón de su amada.
—¿A m� ¡Ca! —exclamó Urbina—. No se me ocurrirá nada.
—Bueno, no se asuste usted tan pronto, Urbina —dijo Kitty—. Usted no llevará la dirección del asunto, y no será usted responsable del éxito o del fracaso de la empresa. El Capitán será nuestro director, el Próspero de nuestra isla.
—El Capitán no creo que haya leÃdo La Tempestad, de Shakespeare —replicó Thompson—, ni que se haya hecho cargo de la alusión de usted; pero yo, que la he leÃdo, afirmo que nuestro Próspero es de lo más maravilloso que puede ser un Próspero solamente humano.
—No me den ustedes fama antes de ver los resultados —replicó el Capitán—. Con el éxito aceptaré los aplausos.
Una semana después Kitty le dijo al Capitán que habÃa recibido una carta de la superiora diciéndola que podÃan ir a visitar el convento cuando quisieran.
—Muy bien. Iremos unos cuantos —dijo la coronela.
—¿Quiénes vamos a ir?
—El doctor y su mujer, Urbina, Thompson, usted y yo.