Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Le di el pañuelo.

—A ver, la boina.

Le di la boina, y mientras tanto me puse a sacar agua, para no pensar en la situación desesperada en que nos veíamos. Recalde cerraba el agujero por un lado, pero se le abría por otro. Sudaba sin conseguir su objeto.

—¿Sabes andar? —me dijo, ya comenzando a asustarse de veras.

—Muy poco —contesté yo, con un estoicismo siniestro.

Recalde persistió en sus tentativas, y llegó a impedir que siguiera inundándose el bote.

Estábamos a unos doscientos metros de la gruta de Izarra.

—Habrá que ir directamente a la cueva —dije yo.

—¡A la cueva! ¿Para qué? —preguntó Recalde, sobresaltado.

—No habrá más remedio. Si no se nos va a abrir el Cachalote antes de llegar a la punta del Faro.

—Sí, es verdad; vamos.

Comencé a remar despacio, con cuidado, haciendo la menor violencia, para que no saltaran los tapones del bote. Yo miraba a Recalde, y Recalde miraba el agujero enorme del Izarra, que iba haciéndose más grande a medida que nos acercábamos.


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