Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —Hasta salir de las rocas rema tú —me dijo Recalde—; yo guiaré.
Comencé a remar; miraba con terror el suelo del bote, que se iba llenando de agua. Recalde dirigÃa; la marea estaba en su pleno; pasamos por encima de los arrecifes, sin el menor contratiempo. Dejamos Frayburu a un lado y nos dirigimos hacia el Izarra.
Al salir de entre las peñas, en donde se rompÃan las olas, cambiamos de sitio.
—Ahora, yo remaré —dijo Recalde—; tú no hagas más que ir achicando.
Era tiempo, porque el bote iba haciendo agua; tenÃa yo los pies y los pantalones mojados. Me puse a trabajar con el achicador, con brÃo, y conseguà que el nivel del agua dentro del bote disminuyera muchÃsimo.
Pensábamos dar la vuelta al monte Izarra y atracar en la punta del Faro. Cuando se cansó Recalde de remar, le substituà yo. No querÃa mirar a tierra, para no ver la distancia que nos separaba.
Además, nos encontrábamos enfrente de la gruta del Izarra, de que tanto hablaba Yurrumendi, y nos daba cierto temor.
Al cambiar de sitio no sé qué hicimos; el tapón de la abertura debió moverse, y empezó a inundarse de nuevo el bote. Recalde se agachó e intentó cerrar la vÃa de agua, pero no lo consiguió. Yo dejé de remar.
—Dame el pañuelo —me gritó él.