Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Le echamos todos los que pudimos encontrar, y fue rellenando la abertura hasta cerrarla por completo. Como las cuerdas estaban empapadas en brea, servían muy bien. Después, cuando concluyó de cerrar la vía de agua, dijo:
—Dadme la ropa.
Le echamos la ropa, y se fue vistiendo despacio.
—Aquí no podemos ir más que dos —añadió—. Esto no resiste más; uno que reme y otro que vaya achicando el agua y teniendo cuidado de que no se abra el boquete. ¿Quién de vosotros va a venir?
—Dilo tú —contestó Zelayeta, no muy entusiasmado.
—Bueno; que venga Shanti. ¿Dónde está el achicador?
—Debe estar en el bote, si no se ha ido al agua —le dije yo.
—Sin achicador[66] no podemos hacer nada —murmuró Recalde.
Lo buscamos, y lo vimos flotando a poca distancia.
—Vamos, baja —me dijo Recalde.
Me descolgué, un poco emocionado. La posibilidad de ir a explorar la gran sima negra de que hablaba Yurrumendi se iba haciendo cada vez mayor. Me veía como aquel marinero del Stella Maris, que el mar había arrojado a una peña, con la cara carcomida y sin una mano.