Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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—¿Marino? —me dijo después, en inglés, señalándome con el dedo.

—Sí, marino —le contesté yo—. ¿Y qué?

—Yo también marino —añadió él—. ¿Usted español?

—Sí, español.

—Yo, holandés. Los dos marinos…, los dos borrachos. Buenas amistades.

Después de decir esto y estrecharme la mano, el holandés se sentó a mi mesa. Bebimos juntos. El holandés era capitán de la corbeta Vertrowen. Era chato, rojo, rubio, con unos bigotes amarillentos, caídos y lacios como los de un chino; el traje negro, casi de etiqueta, que en aquella taberna llamaba la atención.

Yo me constituí en su defensor, y pensé que si se burlaban de él tenía derecho para hacer algún disparate.

Nos levantamos los dos. Entonces en Cádiz, y ahora probablemente pasará lo mismo, había la costumbre de andar de noche por unas cuantas calles, los días de fiesta sobre todo. Estas calles eran la calle Ancha, la de Columela, la de Aranda, la de San Francisco, y no recuerdo si alguna más[99]. Este paseo nocturno tenía algo de procesión.


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