Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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El capitán de la Vertrowen y yo nos echamos por aquellas calles; había por todas partes olor a aceite frito y humo de castañas asadas. En los bancos de las plazas, gente sentada pacíficamente descansaba; algunos obreros, endomingados, pasaban en coche, tocando la guitarra y cantando.

Los chiquillos se reían de nosotros. Invitamos a algunas muchachas de aire equívoco a tomar algo en los cafés y tabernas; pero al vernos borrachos huían.

Aburridos, cansados, dimos con nuestros cuerpos en una tienda de montañés próxima a la Puerta del Mar[100]. Aquella noche hice yo un gasto de cólera y de rabia inútil.

Al entrar en la taberna vi a un hombre moreno, mal encarado, que me miraba de una manera aviesa. Debía de ser un matón. Me alegré; era el momento. Me acerqué a él y le dije:

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué mira usted?

—¡Yo! —exclamó él, sorprendido.

—Sí, me mira usted con una cara…

—Cara de jambre, zeñorito —me dijo amablemente—. No ha pazao por mi cuerpo en to el día a razón de doz cuartoz de comida.


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