Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Llegaba el momento fatal. Había que embarcarse. Me despedí de mi novia, que me hizo mil promesas de fidelidad y de escribirme, y me fui a la fragata considerándome un hombre desgraciado. Don Ciríaco firmó el conocimiento[107] que se hacía por triplicado para responder de las mercancías embarcadas, y levamos el ancla.
Para aliviar mi pena le conté a don Ciríaco mis amores. El viejo capitán me escuchó burlonamente.
—Cuando vuelvas, esa niña se habrá casado ya —dijo tranquilamente.
Y añadió después:
—Mejor para ti.
Don Ciríaco era un hombre tremendo.