Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Don Ciríaco pensaba retirarse y quería que yo le reemplazara en el mando de la fragata; pero esta combinación no le gustaba a don Matías. Mi capitán y yo fuimos a ver varias veces a Hortensia para que convenciese a su marido. Ella prometió insistir hasta conseguir su asentimiento.

—Amigo, los chicos guapos tenéis esas ventajas —me dijo don Ciríaco, con su tono zumbón—: las mujeres están de vuestra parte. Os ayudan, os protegen, creen que sabéis mucho de marinería. Ya le quisiera yo ver al capitán Cook[112], calvo y con las barbas blancas, venir a esta casa. Estoy seguro de que Hortensia le encontraría el defecto de que no estaba muy enterado de marinería.

Yo me eché a reír.

—Sí, sí, ríete —replicó mi capitán—; pero ten cuidado. Esta mujer tiene malas intenciones para ti. Ya que has salido de la hija, no vayas a caer en la madre.

—¿Qué me puede hacer don Ciríaco? —le dije yo, riendo.

—A otros barbilindos más listos que tú les he visto yo andar de cabeza y hacer una porción de tonterías por una mujer. Conque, ¡ojo a la brújula, pilotín, y cuidado con la rueda del timón!

—La ataremos, si le parece a usted, don Ciríaco.


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