Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Por la mañana, después de una noche de insomnio, me decidí a seguir la aventura. Estaba convencido de que en el fondo no tenía cariño por Dolores; de que, probablemente, ella tampoco me quería; que obraba por vengarse; pero no importaba; había que ir hasta el fin.

Al día siguiente nos vimos. Dolores había cambiado en los dos años que no la veía. Era una mujer, pero una mujer espléndida, hermosísima. Yo empecé a sentirme como en un sueño.

«¿Será la vida así?», pensaba al retirarme a la fonda.

Era un comenzar a vivir extraordinario. ¡Después de haber dado la vuelta al mundo y respirado el ambiente voluptuoso de las islas del Pacífico; después de haber luchado con los huracanes del Atlántico, con los tifones del mar de la China y los bancos de hielo del Cabo de Buena Esperanza, encontrarse con una mujer joven, bonita, marquesa, que le dice a uno que le quiere!

¡Sentirse uno al mismo tiempo viejo por las cosas vistas y niño por el corazón! Era una situación extraordinaria. No había leído todavía ninguna novela de Balzac[114], de ésas en que figuran únicamente duquesas y jóvenes ambiciosos; de haberla leído, me hubiera encontrado a mí mismo doblemente interesante. La seguridad en mí mismo me hizo ser temerario.


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