Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Se acercaba el momento de que la Bella Vizcaína tenía que partir. Yo fui a la fragata a dirigir la maniobra y a ponerla en franquía, fuera de todos los barcos de la bahía de Cádiz. De allí volví en el bote. Me encontraba en la mayor incertidumbre.

Un acontecimiento, a pesar de su lógica no esperado por mí, acabó, no precisamente de una manera agradable, mis vacilaciones. Una mañana se presentaron en mi hotel dos caballeros, de parte del marqués de Vernay. Venían a provocarme a un duelo a pistola en condiciones graves[116]. Yo acepté desde luego; tenía la seguridad de que no me había de pasar nada. Nombré de padrinos a un condiscípulo de San Fernando y a un oficial inglés de Marina que comía en el hotel y que estaba en un navío surto en la bahía de Cádiz.

Como digo, tenía una confianza absoluta, una confianza estúpida; me parecía imposible que el marqués me hiriera. No sé qué idea absurda de mi inviolabilidad se me había metido en la cabeza.

El duelo se verificaría en el Puerto de Santa María, en la finca de un amigo del marqués. Se hicieron los preparativos con extraordinaria reserva; el marqués y sus padrinos, con las cajas de pistolas, fueron a primera hora de la mañana, y yo, con los míos, nos metimos en una barca después de comer.

El patrón se sentó a la popa. Era un tipo de teatro, con patillas, faja encarnada y calañés.


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