Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Nos reÃmos de él, porque decÃa en un andaluz muy cerrado:
—Bueno, vámonoz, que ze va el viento.
Cruzamos la bahÃa de Cádiz, desembarcamos, atravesamos las calles del Puerto de Santa MarÃa, en coche, y llegamos a la finca del amigo del marqués, a eso de las dos de la tarde.
HacÃa un tiempo de invierno admirable; los padrinos midieron veinte pasos dando unas zancadas enormes; nos dieron las pistolas, disparamos, y al mismo tiempo que oà el fogonazo sentà un golpe que me derribó al suelo. Intenté respirar, la boca se me llenó de sangre y sentà el ruido del aire al entrar por el agujero de la herida.
TenÃa atravesado el pulmón. Pasé dÃas muy malos entre la vida y la muerte. Un mes estuve en cama, y al cabo de este tiempo pude levantarme hecho una momia. Don CirÃaco, desde que supo lo ocurrido, se plantó al lado de mi cama y me cuidó como a un hijo. Hortensia vino también a verme. Dolores y su marido habÃan ido a vivir a Madrid, al parecer reconciliados.
Cuando ya estuve en disposición de salir de casa, don CirÃaco me llevó a ver a un amigo suyo, capitán de una fragata, La Ciudad de Cádiz. El viejo capitán, que me tenÃa cariño, querÃa que su amigo pasara a mandar la Bella VizcaÃna y yo ocupara la vacante en La Ciudad de Cádiz.