Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia El caballo tomó un trotecillo no muy cómodo, y por la carretera, húmeda, llegamos en una hora a la playa de las Ánimas[146].
El viento silbaba y gemía con alaridos violentos; el mar bramaba en la playa y la resaca debía de ser furiosa.
Nos acercamos al caserío. No hubo necesidad de llamar; la puerta se hallaba abierta y en el umbral se encontraban la hija del inglés en compañía de una muchacha morena, desgarbada, con los pies desnudos.
La hija del capitán tenía los ojos como de haber llorado.
—¡Cuánto ha tardado usted! —me dijo.
—No he podido venir antes.
—Vamos a ver a mi padre.
Dimos vuelta a la esquina de la casa, y, por una escalera que había a un lado, subimos al piso principal. El capitán se hallaba en un sillón, envuelto en un capote azul, viejo y raído, con los ojos cerrados.
Al oír mis pasos se incorporó y murmuró con voz apagada:
—Mary, trae una silla.
Cogí yo la silla y me senté. ¿Qué podía querer aquel hombre de mí? ¿Qué relación podía haber entre nosotros dos?