Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia La muchacha dio a beber al viejo un poco de café, y yo pude contemplar al padre y a la hija. Era él un hombre escuálido, de unos sesenta años; la barba, blanca, recortada y en punta; los ojos, pequeños, grises y vivos, debajo de unas cejas largas y amarillentas; la nariz, aguileña.
La muchacha tendría quince o diez y seis años; era delgada, esbelta, con las mejillas doradas por el sol; los ojos brillantes, obscuros; el pelo rubio, de fuego, y la expresión entre asustada y salvaje[147].
En las paredes del cuartucho había unos mapas, un barómetro, un reloj de barco y una brújula; se notaba que era la casa de un marino.
Afuera, el viento silbaba con furia, haciendo retemblar puertas y ventanas.
El capitán, después de tomar el café, pareció reanimarse; me miró con atención, esperó a que su hija saliera y me dijo rápidamente:
—Yo soy Juan de Aguirre, el marino, el hermano de su madre de usted, el que desapareció.
—¡Usted es Juan de Aguirre!
—Sí.
—¿Mi tío?
—El mismo.
—¡Y por qué no habérmelo dicho antes!