Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia El viejo me miró con cierta sorpresa. Sin duda no esperaba mi pregunta, ni mi rápido asentimiento a sus palabras. Luego, dijo:
—Creà que tu madre y tú me hubierais considerado como un impostor… Mi estado civil no está claro, no podrÃa fácilmente identificar mi personalidad.
—¿Y qué?
—Se hubiera averiguado de dónde venÃa y tu madre hubiera tenido un disgusto… Tu abuela sabÃa que yo estaba aquÃ.
—Yo también sospechaba que usted vivÃa.
—¿S�
—SÃ. Un tal Iriberri, capitán de barco, me dijo dónde debÃa usted de estar.
—Iriberri, Francisco Iriberri, que mandaba el Fénix, un barco negrero… SÃ, lo recuerdo… Dejemos eso, si quieres… He sido un hombre desgraciado, no criminal; puedes creerlo. Ligero, imprudente, violento; pero no malo. Antes de que se me nuble la inteligencia por completo, tengo que hacerte dos encargos: uno, que entregues este sobre a Juan MachÃn[148], el minero. Entrégaselo un año después de mi muerte, o antes, si las circunstancias te obligan a abandonar Lúzaro. El otro encargo es que protejas en lo que puedas a mi hija, que va a quedar desamparada. ¿Has comprendido?
—SÃ.