Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —¿Tienes inconveniente en jurar que cumplirás mis encargos?
—Ninguno.
—Pues bien. ¿Juras que reconocerás como pariente a mi hija MarÃa de Aguirre, siempre, digan lo que digan, y que la favorecerás con todos tus medios?
—SÃ, lo juro.
—¿Juras que entregarás esta carta a Juan MachÃn, el minero, dentro de un año o antes si las circunstancias te obligan a abandonar Lúzaro?
—Lo juro.
—¡Oh, gracias; gracias! No es que pudiera dudar de una simple promesa tuya, pero asà estoy más tranquilo. Toma el sobre. Guárdalo.
Yo guardé el sobre en el bolsillo interior de la americana.
—¿Quiere usted algo más? —le pregunté.
—No, nada más. ¿Cómo te llamas, sobrino?
—Santiago.
—¡Ah! Shanti. Asà se llamaba también mi padre. Haz el favor de decir a mi hija que venga.
Llamé, y se presentó la muchacha rubia, ¡mi prima! TenÃa los cabellos despeinados por el viento, la ropa mojada por la lluvia; en sus ojos se leÃa una decisión huraña y melancólica, que me sorprendió.