Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —Ven, Mary —dijo el viejo capitán—. Da la mano a este caballero. Es primo hermano tuyo. Será para ti un amigo, un defensor cuando yo falte.
La muchacha sollozó al oÃr esto.
—Dale la mano —siguió diciendo mi tÃo—; tiene la cara franca, y aunque no le conozco apenas, creo que puedes fiarte de él.
—SÃ, yo también lo creo —dije yo.
La muchacha miraba a su padre y me miraba a mà con honda amargura. Alargó su mano, pequeña y callosa, que estreché un momento en la mÃa.
—Bueno —murmuró el viejo—, no quiero retenerte más, Shanti. ¡Adiós! —y me tendió los brazos y me estrechó en ellos débilmente. Salà del cuarto y bajé con Mary al raso del caserÃo.
—Si puedo servir a usted en algo, dÃgamelo usted —advertà a mi prima.
—Hoy no necesito nada. Cuando necesite…
—Entonces, hábleme usted sin ningún reparo.
—Asà lo haré. ¡Muchas gracias!
—Adiós, Mary.
—Adiós.
En la puerta de la tapia me esperaba Allen con el caballo. Lo sostuvo de la brida para que yo pudiese montar, y me dijo:
—No necesitará usted guÃa, ¿eh?
—No.